En los años 50, los jóvenes de Terán hablaron entre ellos y decidieron ir a coger ciruelas a la huerta de la Casona de Terán.
Mi marido les dijo que no, que estaba malo, pero le convencieron (él era de los que subían al árbol) y al final fue.
Unos vigilaban y otros subían al árbol.
Y cuando ya estaban arriba, Toño el asturiano siempre la liaba porque se soltaba a reír a carcajadas sin poder remediarlo.
Cuco, el de la Casona, les oyó y salió con la escopeta.
—¡Os voy a matar! —les decía.
Los que estaban en el suelo echaron a correr. Y uno de los que estaban en el árbol le cayó a Cuco encima cuando intentaba bajar. Cuando consiguió levantarse ya habían volado todos.
Pasaron las portillas, camino del Santucu y se metieron en aquellas tierras, entre el maíz, callados. Cuando no se oía nada y pensaban salir volvían a oír moverse algo entre los maíces y volvían a quedarse quietos pensando que era Cuco, que les andaba buscando. No se daban cuenta que cada uno se había escondido solo y que eran ellos mismos los que se asustaban unos a otros al moverse para marchar.
Y así pasaron una buena parte de la noche en el maizal.

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